I. Las leyendas

Desde las fuentes clásicas

En algún momento del siglo VI antes de la Era Cristiana, Tales de Mileto, el fundador de la Geometría occidental y uno de los Siete Sabios de Grecia, en el curso de un atribuido viaje a Egipto, parece haber despertado la admiración de sus acompañantes al calcular la altura de la Gran Pirámide de Keops, por el expeditivo método de medir su sombra en el momento del día en que ésta es igual a aquella.

 


Figura 1. La Gran Pirámide
y su sombra

Sin embargo, al igual que los perdidos relatos de nebulosos personajes como Aristágonas, cuñado del Tirano de Mileto; Antístenes, un filósofo ateniense amigo de Sócrates; o Artemidoro de Efeso, un geógrafo y viajero griego de renombre, la anécdota referida a Tales nos es conocida sólo por fuentes indirectas y muy posteriores a la fecha de su supuesta estadía en el Valle del Nilo, a pesar de considerarse la indicación más antigua atestiguada en las fuentes del Mundo Clásico a la Gran Pirámide.

 


Figura 2. La Gran Esfinge
de Guiza

Heródoto de Halicarnaso, el “Padre de la Historia”, vio la pirámide de Keops hacia el 440 antes de nuestra Era, cuando la misma era tan vieja para él como lo es él para nosotros. En el segundo “libro” de su Historia, el curioso dórido dejo asentadas las impresiones de su visita a la planicie de Guiza, así como los comentarios que los “sacerdotes” se dignaron confiarle:

Pues bien, hasta el reinado de Rampsinito, hubo en Egipto, al decir de los sacerdotes, una estricta legalidad y el país gozó de gran prosperidad, pero Quéops, que reinó tras él, sumió a sus habitantes en una completa miseria. Primeramente, cerró todos los santuarios, impidiéndoles ofrecer sacrificios, y, luego, ordenó a todos los egipcios que trabajasen para él. En este sentido, a unos se les encomendó la tarea de arrastrar bloques de piedra, desde las canteras existentes en la cordillera arábiga, hasta el Nilo y a otros les ordenó hacerse cargo de los bloques, una vez transportados en embarcaciones a la otra orilla del río, y arrastrarlos hasta la cordillera llamada líbica. Trabajaban permanentemente en turnos de cien mil hombres, a razón de tres meses cada turno. Asimismo, el pueblo estuvo, por espacio de diez años, penosamente empeñado en la construcción de la calzada por la que arrastraban los bloques de piedra, una obra que, en mi opinión, no es muy inferior a la pirámide; su longitud, en efecto, es de cinco estadios (887,l75 mts); su anchura de diez brazas (17,76 mts) y la altura, por donde la calzada alcanza su mayor elevación, de ocho brazas (14,20 mts); además, está compuesta de bloques de piedra pulimentada que tienen figuras esculpidas. Diez fueron, como digo, los años que se emplearon en la construcción de esa calzada y de las cámaras subterráneas de la colina sobre la que se alzan las pirámides, cámaras que, para que le sirvieran de sepultura, Quéops se hizo construir – conduciendo hasta allí un canal con agua procedente del Nilo – en una isla. Por su parte, en la construcción de la pirámide propiamente dicha se emplearon veinte años. Cada uno de sus lados – es cuadrada – tiene una longitud uniforme de ocho peltros (236,80 mts) y otro tanto de altura; está hecha de bloques de piedra pulimentada y perfectamente ensamblada, ninguno de los cuales tienen menos de treinta pies (8,88 mts).

 

Esta pirámide se construyó sobre la colina en una sucesión de gradas, que algunos denominan “repisas” y otros “altarcillos”; después de darle esta primera estructura, fueron izando los restantes sillares mediante máquinas formadas por maderos cortos, subiéndolos desde el suelo hasta la primera hilada de gradas; y, una vez izado el sillar al primer rellano, lo colocaban en otra máquina; pues el caso es que había tantas máquinas como hiladas de gradas, a no ser que trasladasen la misma máquina – que, en ese caso, sería una sola y fácilmente transportable – a cada hilada una vez descargado el sillar; pues, tal y como se cuenta, debemos indicar la operación en sus dos posibilidades. Sea como fuere, lo primero que se terminó fue la zona superior de la pirámide, luego ultimaron las partes inmediatamente inferiores, y, finalmente, remataron las contiguas al suelo, es decir, las más bajas. En la pirámide consta, en caracteres egipcios, lo que se gastó en rábanos, cebollas y ajos para los obreros. Y si recuerdo bien lo que me dijo el intérprete que me leía los signos, el importe ascendía a mil seiscientos talentos de plata (41,472 kgs/talento ático). Si ello es así, ¿cuántos talentos debieron invertirse en las herramientas metálicas con que trabajaban y en provisiones e indumentarias para los obreros? Pues construyeron esas obras en el tiempo que he dicho, pero a él hay que añadir el que supongo debieron emplear en cortar y transportar los sillares y en construir la galería subterránea, que no debió ser poco.

 

El relato continúa hablando de los reinados “impíos” de Keops y Kefrén, por lo que omitimos aquí esa sección. La parte que hemos transcripto es la más extensa y detallada referencia a la Gran Pirámide que la antigüedad clásica nos ha legado, y, por cierto, la más polémica.  Algunos han imputado a Heródoto el no haber estado, realmente, en Guiza, o el haber dependido exclusivamente de, y confiado plenamente en, sus informantes nativos, sin buscar corroboración de otras fuentes – cosa que, en verdad, nos hubiera parecido increíble en esos tiempos -; pero aun así, los “sacerdotes” locales parecen haberle suministrado numerosas “claves” para la resolución de ciertos problemas involucrados en la construcción del monumento. De estos asuntos nos ocuparemos más adelante.

 


Figura 3. Reconstrucción de
la  “puerta pivotante”
mencionada por Estrabón

 

El geógrafo pontino, Estrabón, quien visitó Egipto en  24 a.C., y a pesar de que solamente subsista el índice geográfico de su Historia en 47 volúmenes, describe, en el Libro XVII, una curiosa entrada, escondida por una piedra pivotante, en la cara norte de la Gran Pirámide. La misma podía levantarse y, una vez cerrada, quedaba disimulada y no se podía diferenciar de las que le rodeaban. De acuerdo a sus dichos, este acceso daba paso a un pasaje descendente, angosto y maloliente, que, excavado en el lecho de roca madre que servía de base al monumento, recorría una distancia de 103 mts, en forma inclinada, y terminaba en un descanso horizontal que, finalmente, conducía a una cámara rectangular inacabada. En esta cámara, los “turistas”  grecorromanos dejaron numerosas inscripciones y graffiti como memoriales de sus visitas. Parece ser que, por ese entonces, este era el único recinto accesible al público.

 

Pocos años después del nacimiento de Cristo, el historiador Diodoro Sículo describió la pirámide de Keops, destacando que “los obreros que hicieron las pirámides tan perfectas son mucho más admirables que los reyes que mandaron erigirlas”, y expresó una opinión francamente negativa de dichos soberanos, a los que tildó de megalómanos, aunque la Gran Pirámide era más atractiva, en esta época, por las “carreras de ascensión” que los lugareños realizaban para solaz de los viajeros latinos  Sin embargo, su apreciación sobre el perfecto estado de conservación del revestimiento exterior de la Gran Pirámide, coinciden con los que hiciera Heródoto unos 500 años antes y que confirmará, nuevamente, el naturalista romano, Plinio el Viejo, unos 30 años más tarde, en su Geografía, Libro XXXVI: xii. Este último, al igual que Diodoro, quizás demasiado impresionada por la imponente presencia de las Pirámides de Guiza, emitió un comentario despectivo: Regum pecuniae otiosa ac stulta ostentatio, con lo que los monumentos quedaron definidos como “una obra vana y ostentosa” por muchas centurias.

 

La Era Oscura

 

La muerte del emperador Teodosio de Bizancio, acaecida hacia el 395 de nuestro calendario, marcó para Egipto un giro completo en el curso de su historia. Ya en 383, el edicto contra el paganismo emitido por el emperador, obligó a clausurar los últimos templos egipcios en los que todavía se mantenía vivo el culto a las antiquísimas deidades locales.

 


Figura 4. Jeroglíficos cursivos, papiro de
Hunefer, Museo Británico de Londres,
Reino Nuevo Tardío


Figura 5. Reconstrucción idealizada del
 interior de la Gran Biblioteca de Alejandría

 

Es en esta época en la que los jeroglíficos, cuyo significado se había perdido para la mayoría de los mismos egipcios desde hacía largo tiempo, devinieron letra muerta para permanecer así hasta hace escasos 182 años.

 

A pesar de que en occidente circuló – y todavía lo hace – la “leyenda negra” acerca de que la Gran Biblioteca de Alejandría, la más extensa del mundo conocido, al decir de sus contemporáneos (reunía no menos de 700.000 volúmenes), a manos de los musulmanes, la investigación histórica ha descubierto al verdadero culpable de tamaña desgracia: el general Cayo Julio César, enmarañado en las luchas sectoriales de la casa real ptolemaica. Luego, en 389, Teodosio de Bizancio permitió que una turba enardecida de facciones cristianas enfrentadas entre sí, liderada por el patriarca Teófilo, incendiara la Pequeña Biblioteca o Serapeum de Alejandría, perdiéndose en la impiedad de las llamas y el saqueo, el rescatado acervo cultural de más de 5.000 años de Historia Humana.

 

Vaya a saberse si muchos de nuestros interrogantes no hubieran hallado una respuesta más pronta y exacta, si tal crimen contra la intelectualidad no se hubiera perpetrado con tanta ligereza. No es imposible imaginar que, entre los tantos documentos y “libros” guardados en ese “Templo a la Sabiduría”, no se encontrarían tratados acerca de la construcción, no sólo de la Gran Pirámide, sino de muchos otros monumentos que nos dejan, todavía hoy, sin aliento.

Y así, a medida que el Oscurantismo de la Intolerancia se enseñoreaba en los corazones y las mentes de los hombres, no volvió a escucharse más nada de la pirámide de Keops.

Con los seguidores de Alá

Corría el siglo VII de nuestra Era cuando, con Omar, segundo sucesor de Mahoma, los musulmanes se lanzaron a la conquista del Mundo: se había declarado la Jihad, la “Guerra Santa”.


Figura 6. Procesión ante la  “Tumba de los
Mamelucos” en El Cairo

En 636, la derrota del ejército bizantino en Yarkmuk (al norte de la actual Siria), abrió el camino de los árabes hacia Egipto. En 640, se fundaba la ciudad de Fustat, el “Viejo Cairo”, y, un año más tarde, Alejandría se rendía luego de un asedio de 14 meses. Los musulmanes no encontraron rastros de la famosa Biblioteca - aunque fueron la “cabeza de turco”  de la Historia occidental en el tema de su destrucción - pero sí una aglomeración urbana conteniendo 4.000 “palacios”, 4.000 “termas públicas” y 400 “teatros”.

El interés de los sabios musulmanes por las Ciencias Exactas y la Cultura en general, les condujo a traducir cuanto manuscrito griego caía en sus manos. Grandes navegantes, fueron también expertos geógrafos y, en consecuencia, se apasionaron por la Astronomía y las Matemáticas.

En 750 tomó posesión del “imperio islámico” el califa Abul Abbas, fundando, en 762, la ciudad de Bagdad como “capital imperial”. Sin duda alguna, el período Abásida es uno de los más opulentos de la historia egipcia musulmana, así como una de las etapas florecientes del interés científico árabe. Bajo el califato de Harun el-Rashid – el celebrado soberano inspirador del califa de los cuentos de Las Mil y Una Noches -, los traductores árabes eran pagados en oro por el peso de cada manuscrito vertido a la lengua de Alá.

En 813 sucede a el-Rashid su hijo, Abdula al-Mamún, quien, hacia 820, visitó el país del Nilo. Al-Mamún es un personaje clave en la historia de la Gran Pirámide. Descripto por Eduard Gibbon como “un príncipe de extraño conocimiento, que podía asistir con placer y modestia a las asambleas y disputas de los eruditos”, el joven gobernante había ya traducido el gran tratado astronómico de Ptolomeo, el Almagesto, y, diciendo que Aristóteles se le había presentado en sueños, ordenó a setenta de sus sabios producir una “imagen de la Tierra” y el primer “mapa estelar en el mundo del Islam”, obras ahora perdidas irremediablemente, pero que todavía se consultaban en el siglo X.

Impulsado por su conocimiento astronómico, así como por el rumor de que la Gran Pirámide tenía una cámara oculta que conservaba tablas de las esferas celestes y terrestres, las que, pese a su remota antigüedad eran increíblemente precisas, Al-Mamún se decidió a acceder al interior del monumento, cosa que desde hacía 600 años nadie se proponía o sabía cómo hacerlo. La importancia que tuvo este acontecimiento fue puesta de manifiesto por varios escritores árabes, quienes describieron detalladamente la empresa del califa, de entre los cuales destaca, por la veracidad atribuible al texto, el de Al-Makrizi, del siglo X.  Sin perder mucho tiempo en hallar la entrada original de la pirámide, Al-Mamún tomó la determinación de perforar la estructura rocosa de la cara norte, ya que sabía, por los textos clásicos, que allí había estado aquel pasadizo, el que tenía la esperanza de reencontrar. El martillo y el cincel no pudieron lograr grandes progresos sobre la sólida masa de bloques calcáreos, y el primitivo método de calentar la roca al rojo vivo con fuego de fogatas, para luego echarle vinagre frío hasta resquebrajarla, fue el único eficaz.


Figura 7. Las entradas
sobre la cara norte de la
Gran Pirámide de Keops

De esta laboriosa manera, los hombres de Al-Mamún se adentraron por más de 30 mts, excavando un estrecho pasaje que era cada vez más caluroso, polvoriento y asfixiante. El califa, desilusionado por el cariz que iba tomando la obra, estaba a punto de suspender los trabajos, cuando un obrero vino ante él para informarle que se había oído el ruido de un enorme peso, cayendo en alguna parte al este del túnel. Alentado por la señal, Al-Mamún hizo redoblar los esfuerzos, esta vez alterando la dirección de la excavación.

Terminaron desembocando en un “hueco extremadamente oscuro, amenazador y difícil de acceder”, que les condujo a un corredor en ángulo de 26°, sobre cuyo piso descansaba, quebrado, un bloque que se había desprendido del techo, sin duda por el golpeteo de las mazas musulmanas. Para el soberano resultó evidente que se trataba del pasadizo descendente mencionado por Plinio el Viejo; sin embargo, también notó que el bloque caído era el cerramiento de un nuevo pasillo que, esta vez, ascendía hacia el corazón de la mole de piedra. Al-Mamún debe haber presentido que había dado con un secreto que se conservaba oculto desde los tiempos de los constructores de la pirámide, ya que ningún autor clásico mencionaba tal pasaje ascendente.


Figura 8. Corte de la Gran Pirámide:
accesos de la cara norte

Efectivamente, y luego de tareas sobrehumanas para forzar un paso, los árabes se encontraron con un corredor horizontal que les condujo al cuarto inacabado que bautizaron “Cámara de la Reina”, ya que su techo era una bóveda de descarga en ángulo doble, la cual era una usanza musulmana en su arquitectura funeraria, destinada a los entierros de mujeres. Un nicho en la pared este del recinto, que algunos piensan que contuvo una estatua de culto, fue atacado, en la esperanza de que fuera el acceso a otro cuarto que, esta vez, contuviera las famosas “tablas”  de las tradiciones legendarias. Pero, aunque esta fue una nueva desilusión, el pertinaz deseo del califa le llevó a descubrir lo que llamaron “la Gran Galería”, un pasadizo estrecho de 47 mts de largo y casi 9 mts de altura, cuyo piso presentaba una curiosa canaleta central y, a ambos lados de ella, dos rampas con marcas a intervalos regulares. Con su techo en saledizo, la Gran Galería es uno de los más imponentes y hermosos logros de la arquitectura faraónica.


Figura 9. La  “Gran
Galería”:  primera
representación
conocida

Al terminar la ascensión de la galería, los musulmanes se encontraron en una plataforma horizontal cuyo techo descendía ahora a apenas poco más de un metro de alto, formando una suerte de rastrillo que daba paso a una pequeña antecámara vacía. Por fin, las antorchas revelaron una gran pieza, bien proporcionada; las paredes, el techo y el suelo estaban revestidos con bloques de granito rojo, perfectamente encastrados y pulidos. A causa de su techo plano, los árabes la llamaron “Cámara del Rey”, siguiendo la misma costumbre aplicada a la “Cámara de la Reina”. Pero tampoco aquí se encontraban las tan mentadas “tablas”; de hecho, ninguna inscripción, de ninguna especie, ornaba los muros del recinto.


Figura 10. La  “Cámara del Rey”

Qué encontró aquí Al-Mamún es algo que desconocemos totalmente, ya que los cronistas contemporáneos no coinciden en sus historias. Para algunos, no se halló nada en absoluto, excepto un gran sarcófago de piedra roja, roto y sin  tapa – el mismo que hoy día es contemplado a diario por cientos de turistas. Otros, como Kaisi, autor del siglo XII, alaban los exquisitos “tesoros” que se revelaron a los ojos extasiados del califa y sus acompañantes, especialmente la “estatua de un hombre”, que estaba depositada dentro del ataúd pétreo, “incrustada con piedras preciosas y sosteniendo espadas doradas”, que fue puesta a las puertas del palacio califal en El Cairo, donde se encontraba todavía en el año 511 de la Hégira (circa 1117-1118 de la Era Cristiana). ¿A quién pertenecía esa “imagen”, si es que realmente estuvo allí, al punto de coincidir en su descripción con los de los sarcófagos antropomorfos regios, como, por ejemplo, los del rey-niño Tutanjamon? ¿A Keops? 

Relatos de cruzados y demonios


Figura 11. Los ataúdes de Tutanjamun en su
tumba VR 62, Tebas Occidental

Mientras en Egipto todavía se relataban las aventuras de Al-Mamún, en Europa se estaba gestando un movimiento que llevaría, otra vez, la guerra al Medio Oriente, que la Historia conocería con el nombre de las Cruzadas. Los cristianos de todos los países iniciaban su marcha para liberar Jerusalén y la Tierra Santa.


Figura 12. Enfrentamiento
 entre cruzados y sarracenos

De las distintas columnas que partieron en esta gesta heroica, fue la Octava Cruzada, encabezada por Luis IX de Francia, aquella que, buscando abrir una ruta por el sur para llegar al Santo Sepulcro, se dirigió a Egipto en 1248. Luego de su temprana victoria en Damietta, en las costas noroccidentales del Delta egipcio – donde mucho después los soldados de Napoleón encontrarían la Piedra de Roseta -, el éxito de la gesta se fue agotando, hasta que el rey y sus nobles fueron hechos prisioneros y su ejército, diezmado.

Fue en estos días aciagos que empezó a circular la especie de que las pirámides de Guiza eran los propios Graneros de José mencionados en La Biblia, y también, en la misma vena,  se les bautizó como los Almacenes del Faraón, una infundada leyenda que aún transmitía en 1485. Todavía en 1655, Jean de Thévenot prefería – siguiendo la tradición de, i.a., J. Helfricus (1565) y Jean Palerne, secretario del Duque de Anjou y de Alencon, hermano de Enrique III de Francia (1581) -, la versión que hacía de la Gran Pirámide el sepulcro del faraón que persiguió a Moisés y al pueblo hebreo del Éxodo bíblico, quien había perecido ahogado en las aguas turbulentas del Mar Rojo.


Figura 13. Las pirámides de Guiza

Por su parte, el rabino Jonás de Navarra, incansable viajero del siglo XII, recién arribado de  Abisinia, declaró que las pirámides habían sido erigidas por arte de magia, con lo que contribuyó a que su fama se volviera aún más anticristiana, al atribuirles un tenebroso tinte demoníaco. Lo atestigua el hecho de que el legendario explorador inglés del siglo XIV, Sir John Mandeville, confesara que no se atrevió a merodear esos monumentos por temor a los demonios que las habitan bajo formas de serpientes.

Por su parte, los árabes habían desmantelado las imponentes construcciones, reutilizando los bloques de sus revestimientos exteriores para reconstruir las ciudades que, una serie de terremotos muy virulentos, ocurridos a los largo del siglo XIII, habían demolido; entre ellas se encontraba El-Qahiyah, “La Victoriosa”, la actual y cosmopolita El Cairo, capital de la República Árabe de Egipto. En 1356, la mezquita del Sultán Asan, una de las glorias de la arquitectura religiosa islámica, fue parcialmente levantada con bloques procedentes de la pirámide de Keops. De esta manera se descubrió el sitio de la entrada original a la misma, sobre la cara norte y a tan sólo 25 mts más arriba del sitio donde Al-Mamún mandó perforar su túnel.


Figura 14. La entrada original
de la Gran Pirámide

Al parecer, este hallazgo, que el califa hubiera celebrado como una victoria, no conmovió a los contemporáneos del siglo XIII: a nadie se le ocurría la idea de intentar entrar en ella. Los locales narraban historias de todo tipo acerca de terribles maldiciones antiguas, o  de presencias “vampíricas” que poblaban la planicie y mataban a la gente a la luz de la luna llena. Inolvidable es el relato del fantasma de una mujer, egipcia antigua ella, que, influyendo sobre quienes la veían, les conducía a arrojarse en el pozo de una tumba desconocida, o, enseñándoles afilados dientes, les volvía locas.

Por largo tiempo, las pirámides de Guiza se volvieron, a ojos de cristianos y musulmanes, verdaderos monumentos al Demonio y sus legiones.

Buscando la unidad fundamental

No es sino hasta la época Renacentista  que volveremos a escuchar de  la Gran Pirámide en boca de los europeos. No sólo los viajeros occidentales ya se atrevían más allá, luego de abandonar sus ideas de liberar Jerusalén y abrazar los “negocios con Oriente”, sino que entre ellos ya se incluían algunas personalidades notables que, alentadas por el renovado interés de sus tiempos en las Ciencias, buscaron resolver los inquietantes enigmas que planteaban la Gran Pirámide y sus compañeras de Guiza.


Figura 15. John Greaves

En 1638, John Greaves, hijo del rector de Colemore, en Hampshire, y profesor de geometría del Gresham College de  Londres, estuvo en Egipto. No le impulsaba una mera curiosidad turística; al igual que Al-Mamún, esperaba encontrar algún dato que le permitiera establecer las dimensiones precisas del planeta Tierra, ya que, a pesar de los grandes viajes exploratorios del siglo XVI y a la resonada circunnavegación del mundo por Magallanes, nadie conocía con exactitud su circunferencia.


Figura 16. La entrada original,
según John Greaves

Luego de dos años de investigaciones, Greaves publicó, en Oxford y en 1646, una revolucionaria obra que entituló Pyramidographia, la primera que pueda considerarse como un auténtico trabajo “científico” sobre el edificio de Keops hasta ese momento. Contenía los primeros planos del interior del mismo, con las cámaras y pasadizos que se conocían por entonces, sus medidas y sus proporciones. El profesor inglés fue el primero en contar los “escalones” exteriores de la Gran Pirámide – que calculó en 207 -, con el propósito de obtener la altura exacta de ella: la cifra fue 149 mts, casi exacta por 3 metros.

Las conclusiones de Greaves despertaron una gran polémica en Europa, de la que incluso el Dr. William Harvey, descubridor de la circulación sanguínea del cuerpo humano, tomó parte con ardor. Este último intuyó la existencia de canales de ventilación que, atravesando el cuerpo de la pirámide, llegaran a la “Cámara del Rey”, por el simple hecho de la necesidad de renovar el oxígeno que se respiraba en el interior; y su teoría fue tomada como especulación, ya que Greaves no había notado su presencia. Pasarían dos generaciones antes de que la intuición de Harvey se viera confirmada por al realidad.


Figura 17. Sir Isaac
Newton

Tocó a Sir Isaac Newton, a quien no necesitamos presentar, el descubrir, basándose en la obra Greaves, entre otras, la unidad fundamental utilizado por los arquitectos de la Antigüedad: el llamado codo. Newton dedujo de las medidas de la “Cámara del Rey” un “codo profano” de 51 cms, y uno “sagrado”  de 52,5 cms – el valor actualmente aceptado por los egiptólogos es de 525 mm, basado en un promedio de las distintas “reglas” materiales que se conservan en los museos -, que conjeturó a partir de “la circunferencia de los pilares del Templo de Jerusalén”, a partir de la descripción del historiador judío Flavio Josefo. La preocupación de Newton por establecer el “codo” de los antiguos egipcios tampoco era una simple curiosidad matemática. Su “teoría de la Gravedad”, que no había visto la luz al momento de estos trabajos, requería de una medida exacta para la circunferencia de la Tierra. Obteniendo el “codo egipcio”, Newton alentaba la esperanza de obtener con precisión la medida del estadio, que los clásicos aseveraban tenía estrecha relación con el grado geográfico.

Lamentablemente, las medidas de la base de la Gran Pirámide que daba Greaves, que supuestamente complementaban los cálculos de Newton, no eran correctas, porque estaban cubiertas por las arenas del desierto y, tal como el propio geómetra inglés lo confiesa, no eran completas. Recién en 1671, cuando el astrónomo francés Jean Picard determinó el grado geográfico por mediciones geodésicas y trigonometría, Newton pudo emitir su famosa teoría: “que todos los cuerpos del Universo se atraen entre sí en proporción al producto de sus masas e inversamente al cuadrado de sus distancias”, dando inicio a una nueva era en la historia de la Física. 

Hallazgos sin respuestas


Figura 18. Plano de  “La Gruta”
descubierta por J. Greaves y
explorada por N. Davison

Fue en 1765 cuando Nathaniel Davison, posterior cónsul general británico en Algeria, y Edward Montagu, previo embajador inglés ante la Sublime Puerta otomana, se internaron en la pirámide de Keops. Davison exploró, como primera medida, un enigmático pasaje que nacía del piso, justo en el punto en donde la Gran Galería se unía con el corredor horizontal que conducía a la “Cámara de la Reina”, el cual, describiendo un camino irregular hacia abajo del suelo, llevaba hacia un desconocido destino. Ya John Graves había descubierto este pasaje, al que había recorrido por unos 18 metros, hasta encontrarse con un ensanchamiento del diámetro  que llamó “La Gruta”. Por debajo de esta cavidad, el pozo se perdía en la oscuridad. Debido al alto grado de enrarecimiento del aire en ese punto, Graves abandonó su exploración, alejado igualmente por bandadas de furiosos murciélagos.

Sin embargo, Davison, atado por la cintura con una cuerda y alumbrado por una lámpara, se descolgó por el pozo que continuaba por debajo de “La Gruta”. Luego de casi 60 metros encontró que el mismo  estaba obturado por cascajos y arena, y especuló acerca de las razones que hubieron de tener los constructores para tomarse semejante labor y luego tapiarla, sin hallar respuesta a su pregunta. Decidió abandonar este proyecto y dedicarse a buscar otros secretos en la Gran Pirámide.


Figura 19. Hallazgo
de la  “Cámara de
Davison”

En el descanso de la Gran Galería, que daba paso a la Antecámara de la “Cámara del Rey”, Davison notó que la voz propia resonaba en alguna parte por encima de las cabezas de los visitantes. Con la ayuda de siete escaleras atadas una al extremo de la otra, pudo hallar una estrecha entrada cuadrangular de 60 cms de ancho, ubicado en la junta del techo y  el tope la pared de la galería. Con gran esfuerzo, el intrépido explorador se encontró en un pasaje bajo y maloliente, por el que tuvo que arrastrarse por 10 mts antes de desembocar en una cámara de techo  muy bajo. El piso, constituido por 9 monolitos graníticos de unas 60 toneladas cada uno, era, simultáneamente, el techo de la “Cámara del Rey”. Este recinto, para el que Davison, en ese momento, tampoco halló una respuesta satisfactoria, fue bautizado con su nombre (“Cámara de Davison”), y se limitó a dejar su firma y la fecha del descubrimiento grabadas en uno de sus muros. Davison no encontró tesoros, ni inscripciones, ni señales de otros pasajes o cámaras, aunque si la fama en la memoria de los hombres por ser, probablemente, el último de una era legendaria que uniría su nombre a la revelación de un todavía desconocido recinto de la Gran Pirámide, antes de que el monumento entrara a la era de la historia propiamente dicha con la “Expedición a Egipto” liderada por el todavía General Napoleón Bonaparte... Pero, eso, es otra historia.

Comentarios y observaciones

Deseamos hacer notar al lector la importancia que tiene el conocer, en cierto detalle, la historia propiamente dicha de las teorías e hipótesis que, a lo largo de los siglos, otras culturas, y, en especial, aquellas consideradas como el acervo tradicional de lo que hoy día englobamos con el nombre de “civilización occidental”, han emitido al respecto de la Gran Pirámide. Es necesario estar consciente de aquellas ideas que, nacidas en un momento determinado de la Historia, pasaron a encadenarse y a conformarse como una suerte de   “verdades tradicionales”, las cuales persistirán con perseverancia, aún cuando fueran desechadas desde hace mucho tiempo por el genuino conocimiento científico.

Es precisamente en el período que aquí caracterizamos como “legendario”, que muchas fábulas originadas al calor del misterio y la imaginación febril, tuvieron nacimiento y se fueron hilvanando entre sí hasta llevar a un cúmulo de afirmaciones sostenidas actualmente por el grupo de diletantes auto-denominados “piramidólogos”, las cuales tienen en común su gran cuota de fantasía y ciencia-ficción.

El lector avezado ya habrá notado que la asociación de la Gran Pirámide a La Biblia es una rémora del folklore medieval de la época de Las Cruzadas, y que su carácter de supuesto reservorio de “tablas de las esferas celestes y terrestres” de incalculable antigüedad e infinita exactitud, no es sino un recuerdo de los cuentos árabes del mismo período. Ni que decir de los “invaluables tesoros” que, al parecer, Al-Mamún se cuidó de llevar a Bagdad, que sirvió de sustento a mucha elaboración de tenor “ocultista”. Y, por cierto, tantas relaciones “astronómicas” no pudieron dejar de dar pie a un nexo con la “ovniología”, los “extraterrestres”, y otras fabulaciones por el estilo. El último representante notorio de esta línea de pseudo-investigadores se llama Robert Temple, quien ha llegado a proponer que la Gran Esfinge de Guiza fue construida hace más de 10.000 años por una raza de seres semi-anfibios venidos del espacio exterior: Howard Phillip Lovecraft, creador de la narración de “terror cósmico” norteamericana, se hubiera sacado el sombrero...

La Biblia, los “secretos de alta iniciación”, los ovnis y los extraterrestres, nada tienen que hacer ante el genio humano que la Gran Pirámide y el resto de los monumentos similares de Egipto revelan, y ante la grandeza del espíritu humano para concebir y realizar una obra que desafía los siglos y la imaginación.


Mapa general del área de Giza

Bibliografía

N.B.: La bibliografía citada en este apartado no pretende ser exhaustiva y tiene sólo propósitos orientativos. La literatura sobre la Gran Pirámide en particular, y las pirámides en general, es muy extensa e imposible de mencionar en detalle aquí.

 

  • Para la historia de Heródoto, la mejor traducción al castellano es la de Carlos Schrader, Heródoto. Historia. El Egipto antiguo; col. Los Clásicos de Grecia y Roma, vol. 41 (Buenos Aires: Editorial Planeta-D´Agostini, 1996).

  • Sobre la Biblioteca de Alejandría, ver especialmente P. De Gevenois, “El fin de la Gran Biblioteca de Alejandría. La leyenda imposible”, en Revista de Arqueología año XXI – n° 230 (s.f.), 26-41. Ver tamb. J. Reverte y otros,  “Alejandría, último  faro de Egipto”, en Geo. Una nueva visión del Mundo n° 163 (Agosto 2000), 58-98; VV.AA.,  “Egipto, la fascinación que no cesa”, en Geo. Una nueva visión del Mundo n° 151 (Agosto 1999), p. 58-93.

  • Sobre la Gran Pirámide en tiempos de la  “era de las leyendas”, ver i.a. P. Tompkins, Secretos de la Gran Pirámide (Méjico: Editorial Diana S.A., 1986); J.-Ph. Lauer, Le probleme des pirámides d´Égypte (París, reed. 1958); J.R. Ogdon, Historias y leyendas de las pirámides de Egipto (Buenos Aires: edición del autor, 1992); A. Siliotti, El descubrimiento del antiguo Egipto = vol. 2 de Egipto. Arqueología e historia del antiguo Egipto  (Barcelona: Editorial Folio S.A., 1998).

* Para las pirámides en general, ver i.a. C. Aldred, Egypt to the end of the Old Kingdom ((Londres, 1965), pp. 85-95; Id., Egyptian Art in the Days of the Pharaohs (Londres, 1980); J. Capart, L´Art égyptien, I. L´Architecture. Choix de documents (Bruselas, 1922); J.J. Castillos, Imágenes del antiguo Egipto; col. Publicaciones de la Sociedad Uruguaya de Egiptología, vol. 1 (Montevideo, 1980), pp. 95-105; J.-L. De Cenival, Egipto. Época Faraónica; col. Arquitectura Universal Garriga (Barcelona, 1964); Ch. Desroches-Noblecourt, El Arte Egipcio; col. Las Nueve Musas (Barcelona, 1967); Id., Historia Ilustrada de las Formas Artísticas, vol. 2; Alianza Editorial (Madrid, 1984), pp. 35 y ss.; I.E.S. Edwards, The Pyramids of Egypt (Harmondsworth, 1967); A. Fakhry, The Pyramids (Chicago, 1961); A. Guerra,  “Snefru y la evolución de las pirámides”, en Revista de Arqueología n° 7 (1981), pp. 17-27; J.-Ph. Lauer, Histoire monumentale des pirámides d´Égypte,I. Les pirámides à degrés (IIIe. dynastie) (El Cairo, 1962); Id., Le mystére des pirámides (París, 1998); Id., Les pirámides de Saqqara. New English and French Edition (El Cairo, 1991); Id.,Saqqara. The Royal Cemetery of Memphis. Excavations and Discoveries since 1850 (Londres, 1976); Leospo, Saqqara e Giza (Novara, 1982); G. Sée, Naissance de l´urbanisme dans la Vallée du Nil, vol. 1 (París, 1973); J. Weeks, The Pyramids (Cambridge, 1971); A.A. Tadema y B.T. Sporry, De piramiden van Egipte (Harlem, 1977); A. Siliotti, Guide to the Pyramids of Egypt (Nueva York, 1997); M. Lehner, The Complete Pyramids. Solving the ancient Mysteries (Londres, 1997); W.M.F. Petrie, The Pyramids and Temples of Gizeh (Londres, reed. 2000).

Autor: Jorge Roberto Ogdon

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